La educación ejecutiva contemporánea padece de un sesgo utilitarista que desprecia las humanidades por considerarlas carentes de aplicación práctica. Sin embargo, un análisis riguroso sugiere que la ficción literaria es, en realidad, el laboratorio más sofisticado para el estudio de la condición humana y las estructuras de poder. Mientras que los datos nos ofrecen el "qué", la narrativa nos explica el "porqué". El liderazgo, en su nivel más excelso, no es una función técnica, sino una función narrativa: la capacidad de dotar de sentido el esfuerzo colectivo.
La lectura de ficción compleja desarrolla lo que en neurociencia se denomina transportación narrativa y mejora significativamente la teoría de la mente. Esta última es la capacidad de comprender que los demás poseen estados mentales, deseos e intenciones distintos a los propios. Para un director que gestiona activos de alto valor y equipos multidisciplinarios, esta habilidad es una ventaja competitiva invisible. La literatura nos permite ensayar crisis éticas, dilemas de poder y colapsos de confianza sin el costo real de un error en el consejo de administración. Leer a autores que diseccionan la ambición, la caída y la redención ofrece una cartografía emocional que ningún manual de management puede replicar.
El líder que carece de cultura narrativa es propenso a una visión reduccionista de sus colaboradores, viéndolos como recursos optimizables y no como protagonistas de sus propias historias. Al integrar la profundidad intelectual de las humanidades en la praxis ejecutiva, el líder adquiere una empatía estratégica. Entiende que una organización es una polifonía de relatos y que su rol es el de un editor jefe que asegura que cada capítulo contribuya a un propósito mayor. La ficción, por lo tanto, no es una evasión de la realidad, sino un entrenamiento intensivo para comprenderla en toda su complejidad.
Esta inmersión narrativa permite también la identificación de arquetipos y mitos organizacionales. Cada empresa tiene su propia mitología: el héroe fundador, la gran crisis superada, el traidor o el mentor. El líder que reconoce estas estructuras puede guiar la cultura de manera más efectiva, utilizando el lenguaje simbólico que realmente moviliza a las personas. No se trata de manipular, sino de alinear el propósito individual con el mito colectivo de la organización, creando un sentido de pertenencia que trasciende el contrato laboral.
En la era de la inteligencia artificial, donde el procesamiento de datos será un commodity, la curaduría narrativa será el diferenciador humano definitivo. Las máquinas pueden predecir comportamientos basados en patrones pasados, pero solo un líder con sensibilidad humana puede inspirar una visión futura que aún no existe. La ficción nos enseña a imaginar mundos posibles y a navegar la incertidumbre con la elegancia de quien conoce los matices del alma humana. Un ejecutivo culto es, por definición, un ejecutivo más resiliente y visionario.
Para reflexionar: En un mundo obsesionado con los algoritmos, la narrativa es lo que nos devuelve nuestra humanidad. Un líder que no lee ficción corre el riesgo de volverse un autómata de la eficiencia, olvidando que detrás de cada cifra hay una voluntad y detrás de cada estrategia, un deseo. El poder sin narrativa es solo fuerza; el poder con narrativa es legado.
Referencias
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Gottschall, J. (2012). The Storytelling Animal: How Stories Make Us Human. Houghton Mifflin Harcourt.
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Kidd, D. C., & Castano, E. (2013). Reading Literary Fiction Improves Theory of Mind. Science, 342(6156), 377-380.
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Mar, R. A., & Oatley, K. (2008). The Function of Fiction is the Abstraction and Simulation of Social Experience. Perspectives on Psychological Science, 3(3), 173-192.
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Comentarios
es que sí, concuerdo, no hay un mundo sin humanidades, mucho menos ahora que nos consume la tecnología que apaga la empatía