La cultura que dirige cuando nadie está mirando
Por: Carolina Perezbolde
Durante mucho tiempo, la cultura organizacional ocupó un lugar extraño dentro de las empresas. Todos reconocían su importancia, pero pocas veces se le concedía el mismo peso que a una decisión financiera, una inversión tecnológica o una definición estratégica. Se hablaba de ella como de un componente difícil de medir, asociado a percepciones, valores y comportamientos que parecían pertenecer a un territorio demasiado intangible para entrar con seriedad en una conversación de negocio.
Me temo, que esa mirada ha caído en la obsolecencia.
Las organizaciones han aprendido que muchas de sus decisiones más costosas no nacen de una falla técnica, sino de la manera en que las personas interpretan lo que ocurre a su alrededor. Una estrategia puede estar correctamente diseñada y fracasar porque nadie se atreve a cuestionar al responsable. Un proceso puede ser impecable sobre el papel y volverse lento porque cada persona teme asumir una decisión. Una empresa puede declararse innovadora y, al mismo tiempo, castigar cualquier error con suficiente severidad como para enseñar a su gente que experimentar no vale la pena.
La cultura aparece justo en esas contradicciones.
Edgar Schein la estudió como una forma de aprendizaje colectivo que se acumula con el tiempo. Las organizaciones desarrollan maneras particulares de resolver problemas, enfrentar tensiones, relacionarse con la autoridad y decidir qué conductas son aceptables. Cuando esas respuestas funcionan durante suficiente tiempo, dejan de discutirse y comienzan a percibirse como la forma natural de hacer las cosas.
Ese tránsito resulta especialmente importante porque explica por qué la cultura rara vez depende de lo que una empresa declara, depende de lo que repite.
Las organizaciones enseñan constantemente, incluso cuando no creen estar enseñando nada. Cada promoción, cada silencio, cada reconocimiento y cada decisión disciplinaria comunican algo sobre el verdadero sistema de valores que opera detrás del discurso formal. Cuando una persona obtiene resultados extraordinarios a costa de deteriorar a su equipo y, aun así, continúa ascendiendo, el mensaje suele tener más fuerza que cualquier campaña institucional sobre liderazgo. Cuando alguien informa un error y descubre que hacerlo le genera consecuencias mayores que ocultarlo, la organización también está educando.
Por eso, la cultura no debería analizarse a partir de lo que una empresa dice que quiere ser, sino a partir de las experiencias que va convirtiendo en normales. Esta diferencia tiene consecuencias relevantes para el negocio.
Jay Barney planteó hace décadas que ciertas culturas podían convertirse en fuentes de ventaja competitiva cuando generaban valor y resultaban difíciles de imitar. La idea conserva vigencia porque obliga a mirar la cultura desde un ángulo menos decorativo. Una empresa puede copiar tecnología, replicar procesos o adquirir talento con relativa rapidez. Resulta mucho más difícil reproducir una forma de colaboración que se ha construido durante años, una relación de confianza consolidada o una manera específica de responder ante la presión.
La cultura se vuelve entonces una infraestructura invisible que influye en la velocidad con la que circula la información, en la calidad de las decisiones y en la cantidad de energía que una organización necesita invertir para coordinarse.
Cuando la confianza es suficiente, muchas interacciones ocurren con menos fricción. Las personas preguntan antes de que un problema crezca, comparten información incómoda, reconocen errores y toman decisiones dentro de márgenes razonables sin esperar autorización para cada movimiento. En ambientes donde la confianza es baja, la organización suele compensar mediante controles, validaciones, correos innecesarios, reuniones adicionales y una vigilancia constante de responsabilidades.
Esas diferencias rara vez aparecen en los estados financieros con una etiqueta que diga costo cultural, pero terminan distribuidas por toda la operación.
Se manifiestan en tiempos de respuesta más lentos, proyectos que requieren más esfuerzo del necesario, oportunidades que se pierden, talento que se desgasta y clientes que perciben incoherencias entre la promesa de marca y la experiencia real.
En sectores donde la experiencia del cliente depende intensamente de interacciones humanas, esta relación se vuelve todavía más evidente.
Pienso particularmente en hospitalidad, desarrollo turístico y servicios de alto nivel, donde la promesa de valor suele construirse alrededor de la excelencia, la atención personalizada y la capacidad de anticipar necesidades. Ninguna campaña puede garantizar por sí sola esa experiencia. Se vuelve real cuando una persona decide cómo responder a un huésped, cómo resolver una inconformidad o cuánto esfuerzo adicional está dispuesta a realizar sin que exista un procedimiento que le indique exactamente qué hacer.
En esos contextos, la cultura interna termina apareciendo frente al cliente.
Una organización deteriorada por desconfianza, rigidez o agotamiento puede sostener durante cierto tiempo una apariencia impecable, pero mantener esa distancia entre experiencia interna y promesa externa exige un esfuerzo cada vez mayor.
Por eso la cultura también debería formar parte de una conversación seria sobre sostenibilidad operativa.
No significa asumir que una cultura agradable produce automáticamente mejores resultados. Esa simplificación tampoco ayuda. Una cultura puede ser cohesionada y estar orientada en la dirección equivocada. Puede existir un enorme sentido de pertenencia dentro de un sistema que castiga el disenso, recompensa la complacencia o normaliza prácticas que comprometen el futuro del negocio.
La pregunta relevante no es únicamente si una organización tiene una cultura fuerte; también importa entender qué tipo de conductas está fortaleciendo.
Aquí aparece una responsabilidad importante para Recursos Humanos y para quienes trabajamos en Desarrollo Organizacional.
Durante años, la evolución de estas funciones estuvo vinculada con la incorporación de métricas. Era necesario abandonar decisiones construidas solamente a partir de impresiones y empezar a trabajar con datos de rotación, compromiso, desempeño, movilidad, aprendizaje y sucesión.
El siguiente paso exige mayor complejidad.
Los indicadores pueden mostrar una anomalía, pero no siempre explican el sistema que la produjo. Una tasa elevada de rotación puede estar asociada con compensación, mercado, liderazgo, diseño del trabajo, falta de crecimiento o una combinación de varias condiciones. Una encuesta puede revelar desconfianza, pero gestionar cultura comienza cuando somos capaces de reconocer qué experiencias están enseñando a las personas que confiar no resulta conveniente.
Obliga a mirar incentivos, mecanismos de reconocimiento, estilos de liderazgo, decisiones de promoción y formas de ejercer autoridad. También exige aceptar que, en ocasiones, la solución no está en diseñar una nueva iniciativa de cultura, sino en corregir una contradicción estructural.
A veces una organización no necesita una campaña adicional, necesita modificar aquello que premia, necesita revisar a quién convierte en referente. Necesita preguntarse por qué determinados comportamientos continúan siendo tolerados cuando contradicen abiertamente sus valores declarados.
Gestionar cultura empieza a volverse estratégico cuando dejamos de tratarla como un programa y empezamos a observarla como una consecuencia de decisiones acumuladas.
Esta mirada también resulta útil en procesos de fusión y adquisición.
Dos compañías pueden compartir una lógica financiera convincente y descubrir posteriormente que su manera de operar responde a supuestos completamente distintos. Una puede entender la velocidad como capacidad de decidir con información incompleta, mientras otra interpreta la prudencia como necesidad de validar cada paso. Una puede promover confrontación intelectual y otra considerar el desacuerdo como una señal de falta de alineación.
Esas diferencias no desaparecen cuando se firma una transacción.
Se trasladan a las reuniones, a las promociones, a las decisiones y a la manera en que las personas interpretan quién tiene legitimidad para definir el futuro de la nueva organización.
Por eso una revisión cultural previa a una integración no debería buscar cuál de las dos empresas tiene una mejor cultura. Esa pregunta suele ser demasiado simple. Lo verdaderamente útil es identificar dónde existen incompatibilidades capaces de destruir valor y qué elementos deben preservarse, combinarse o transformarse.
La cultura adquiere otra dimensión durante los periodos de crisis.
Cuando el entorno es estable, defender determinados valores suele ser relativamente sencillo. Las decisiones difíciles muestran cuánto de aquello era una convicción y cuánto dependía de que las circunstancias fueran favorables.
Una crisis obliga a priorizar y, al hacerlo, revela la jerarquía real de una organización.
Permite observar qué se protege, qué se abandona y qué comportamientos aparecen cuando la presión reduce el margen para mantener una imagen cuidadosamente construida.
También muestra si una organización ha desarrollado suficiente flexibilidad para cambiar sin desintegrarse.
Esto me parece especialmente relevante porque una cultura saludable no debería confundirse con una cultura inmóvil. Las organizaciones necesitan conservar elementos que les proporcionan identidad, pero también deben ser capaces de revisar aquellos aprendizajes que dejaron de funcionar.
La cultura puede acumular conocimiento y, al mismo tiempo, acumular hábitos que alguna vez fueron útiles y que después se convierten en obstáculos.
Aprender a distinguir unos de otros probablemente sea una de las responsabilidades más complejas del liderazgo.
En este punto prefiero pensar la cultura como una memoria práctica.
No una memoria formada por anécdotas, sino por experiencias que enseñaron a las personas cómo sobrevivir, crecer y relacionarse dentro de la organización. Esa memoria conserva quién podía hablar sin consecuencias, qué tipo de éxito era realmente reconocido, qué riesgos valía la pena asumir, qué errores podían admitirse y qué comportamientos terminaron normalizándose porque nadie tuvo suficiente autoridad o voluntad para cuestionarlos.
Con el tiempo, esas lecciones se convierten en hábitos colectivos.
Y los hábitos colectivos terminan influyendo en la estrategia mucho más de lo que solemos reconocer.
Una empresa puede invertir enormes recursos en transformación y descubrir que su cultura continúa protegiendo decisiones antiguas. Puede contratar personas brillantes y crear un entorno donde aportar una opinión distinta resulte demasiado costoso. Puede hablar de innovación mientras convierte cada fracaso en una advertencia para los demás; esas contradicciones rara vez producen una crisis inmediata.
Se acumulan.
Hasta que empiezan a aparecer en forma de rotación, reputación deteriorada, decisiones lentas, clientes insatisfechos o talento que deja de aportar mucho antes de presentar una renuncia.
Por eso la cultura merece ser tratada como una conversación de negocio.
No porque pueda reducirse fácilmente a un indicador financiero, sino precisamente porque influye en demasiadas decisiones como para seguir considerándola un asunto secundario. Medirla ayuda; observarla resulta indispensable.
Y comprenderla exige algo que ningún tablero puede ofrecer por sí solo.
La disposición de una organización para mirar con suficiente honestidad la distancia entre aquello que dice valorar y aquello que, todos los días, enseña a sus personas que realmente importa.
Referencias
Barney, J. B. (1986). Organizational Culture: Can It Be a Source of Sustained Competitive Advantage? Academy of Management Review, 11(3), 656–665.
Guiso, L., Sapienza, P., & Zingales, L. (2015). The Value of Corporate Culture. Journal of Financial Economics, 117(1), 60–76.
Schein, E. H., & Schein, P. A. (2017). Organizational Culture and Leadership. 5th edition. Wiley.
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