El Altruísmo Eficaz y la incómoda aritmética de la bondad.

“El problema no es medir. Es olvidar todo lo que queda fuera de la medición".

Por: Carolina Perezbolde

El altruismo eficaz quiso enseñarnos a ayudar mejor. En el camino abrió una discusión mucho más difícil sobre los límites de la razón, el poder de las métricas y nuestra extraña necesidad de convertir incluso la moral en un problema de optimización.

Durante buena parte de mi vida profesional he aprendido a desconfiar tanto de las decisiones que prescinden de la evidencia como de aquellas que solo saben mirar los números. Medir ayuda. Comparar ayuda. Tener datos permite desmontar intuiciones equivocadas y obliga a reconocer realidades que a veces preferimos ignorar. Pero también he visto cómo una métrica, cuando adquiere demasiado poder, puede terminar reduciendo aquello que pretendía explicar.

Supongo que por eso el altruismo eficaz me produce una mezcla extraña de fascinación e incomodidad.

Su planteamiento inicial tiene una sensatez difícil de discutir. Si alguien dispone de dinero, tiempo, conocimiento o influencia y desea utilizarlos para ayudar a otros, parece razonable intentar comprender dónde pueden producir un beneficio mayor. La buena intención, por sí misma, no garantiza buenos resultados. Podemos donar a organizaciones ineficientes, financiar proyectos que apenas modifican el problema que pretenden resolver o elegir una causa porque nos conmueve personalmente, aunque existan otras intervenciones capaces de aliviar mucho más sufrimiento con los mismos recursos.

William MacAskill convirtió esta preocupación en una de las ideas centrales de Doing Good Better, publicado en 2015. Su propuesta defendía el uso de evidencia y razonamiento para comparar causas, intervenciones y decisiones profesionales con una pregunta de fondo bastante exigente: dónde podemos producir el mayor bien posible.

Mucho antes, Peter Singer había preparado el terreno filosófico. En 1972 publicó Famine, Affluence, and Morality, un ensayo que cambiaría profundamente la discusión contemporánea sobre nuestras obligaciones hacia los desconocidos. Singer proponía imaginar a una persona que ve a un niño ahogándose en un estanque poco profundo. Salvarlo implicaría ensuciar la ropa, pero nadie consideraría razonable anteponer ese pequeño inconveniente a la vida del niño. Su argumento extendía esa intuición hacia quienes sufren lejos de nosotros. La distancia geográfica, sostenía, no debería disminuir el valor moral de una vida.

Décadas después, Singer desarrollaría esta posición en The Most Good You Can Do, vinculándola explícitamente con el movimiento del altruismo eficaz y defendiendo una vida ética guiada menos por el impulso emocional y más por la capacidad real de nuestras acciones para mejorar la vida de otros.

Hay algo valioso en esa contundente afirmación. Obliga a revisar una idea bastante cómoda de la solidaridad, esa que a veces confunde sentirse bien por ayudar con haber ayudado realmente.

Y, sin embargo, cuanto más lejos se lleva el razonamiento, más complicado se vuelve.

De ayudar mejor a calcular el futuro

El altruismo eficaz no permaneció concentrado en la filantropía tradicional. Con los años, una parte importante del movimiento comenzó a interesarse por preguntas que excedían ampliamente la pobreza, la salud global o la eficiencia de las organizaciones benéficas.

Aparecieron el bienestar animal, las pandemias, la seguridad biológica, la inteligencia artificial y los llamados riesgos existenciales. Después llegó una idea todavía más ambiciosa, conocida como longtermism o largoplacismo.

William MacAskill la desarrolló para un público amplio en What We Owe the Future. Su razonamiento parte de considerar que las personas del futuro merecen consideración moral aunque todavía no hayan nacido. Si la humanidad pudiera existir durante miles o millones de años, nuestras decisiones actuales podrían afectar a una cantidad inconcebiblemente grande de vidas futuras. Desde esa perspectiva, evitar una catástrofe que comprometa definitivamente el porvenir de la civilización adquiere una importancia moral extraordinaria.

Toby Ord había llevado antes esa preocupación al estudio de los riesgos existenciales en The Precipice. Ord analiza amenazas que van desde la guerra nuclear y las pandemias hasta una inteligencia artificial fuera de control y ha llegado a estimar, reconociendo explícitamente la enorme incertidumbre de la cifra, una probabilidad cercana a una entre seis de que ocurra una catástrofe existencial durante este siglo.

Aquí la conversación moral cambia de escala.

De pronto ya no estamos comparando dos organizaciones que distribuyen mosquiteros contra la malaria ni preguntándonos cuánto donar. Estamos intentando asignar valor a acontecimientos que podrían suceder dentro de siglos, imaginar poblaciones que todavía no existen y calcular probabilidades sobre tecnologías cuyo desarrollo apenas comenzamos a comprender.

Es una tarea intelectualmente fascinante. También extraordinariamente frágil.

Una cifra exacta puede esconder una enorme ignorancia

Existe una tendencia muy humana a confiar más en aquello que puede expresarse mediante números. Una estimación con decimales parece poseer una autoridad que rara vez concedemos a una apreciación cualitativa, aun cuando detrás de esos decimales existan numerosos supuestos discutibles.

El altruismo eficaz conoce este problema y buena parte de sus investigadores son considerablemente más cuidadosos de lo que algunas críticas sugieren. Sería injusto presentar al movimiento como una comunidad ingenuamente convencida de que todos los dilemas humanos pueden resolverse con una hoja de cálculo.

Aun así, la dificultad permanece.

Nicolas Côté y Bastian Steuwer plantearon una crítica especialmente interesante al advertir que algunas metodologías asociadas al altruismo eficaz pueden generar una falsa sensación de precisión. La relación entre una intervención y sus beneficios no siempre crece de manera predecible, continua o proporcional. En determinadas circunstancias podemos terminar estando, como ellos sugieren, vagamente en lo correcto o precisamente equivocados.

La dificultad aumenta cuando la escala temporal deja de medirse en años o décadas y comienza a extenderse durante siglos o milenios.

En 2026, el filósofo Eric Schwitzgebel formuló una objeción contra algunas versiones del longtermismo que merece atención. Su argumento cuestiona nuestra capacidad para afirmar con suficiente justificación que una acción realizada hoy tendrá un efecto positivo identificable dentro de mil millones de años. Cuanto mayor es la distancia temporal, mayor es también la cantidad de acontecimientos imprevisibles capaces de modificar las consecuencias originales.

Pensar en generaciones futuras me parece una obligación ética indispensable. Una sociedad incapaz de mirar más allá del siguiente trimestre, la siguiente elección o el siguiente resultado financiero está condenada a tomar decisiones mediocres. Pero reconocer nuestra responsabilidad frente al futuro es distinto de suponer que tenemos suficiente información para comparar con precisión moral el sufrimiento presente con escenarios hipotéticos situados a miles de años de distancia.

Esa diferencia importa.

La vieja discusión entre consecuencias y principios

En realidad, el altruismo eficaz participa de una conversación filosófica mucho más antigua.

Jeremy Bentham y John Stuart Mill defendieron distintas formas de utilitarismo, una tradición que coloca las consecuencias de nuestras acciones en el centro de la evaluación moral. En términos generales, la intuición utilitarista sostiene que debemos procurar el mayor bienestar posible considerando imparcialmente los intereses de todos los afectados. La igualdad moral que contiene esta idea resulta enormemente atractiva. Mi bienestar no vale más simplemente porque sea mío, del mismo modo que una persona desconocida no pierde importancia porque viva del otro lado del planeta.

Sin embargo, otras tradiciones filosóficas han insistido en algo distinto. Hay derechos, deberes, compromisos y formas de dignidad que no deberían depender exclusivamente del saldo final de beneficios y perjuicios.

Nuestra experiencia cotidiana parece reconocerlo intuitivamente.

Cumplimos ciertas promesas aunque romperlas pudiera producir alguna ventaja. Consideramos que una persona posee derechos incluso cuando vulnerarlos pudiera beneficiar a muchas otras. Cuidamos especialmente a nuestros hijos, padres, parejas o amigos sin realizar previamente una comparación global para determinar si nuestra atención produciría mayor bienestar dedicada a alguien completamente desconocido.

Sería precipitado interpretar todo esto como simple irracionalidad.

Los vínculos, las responsabilidades particulares y la confianza también forman parte de la arquitectura moral de una sociedad. Una ética incapaz de reconocerlos podría terminar siendo extraordinariamente coherente y, al mismo tiempo, profundamente ajena a la experiencia humana.

El individuo que desaparece detrás del cálculo

Hay otra crítica al altruismo eficaz que me resulta especialmente interesante porque lleva la conversación fuera del terreno estrictamente filosófico.

Amia Srinivasan observó hace más de una década que el movimiento podía terminar concentrándose demasiado en aquello que resulta medible y muy poco en las estructuras políticas que producen los problemas que después intenta resolver. Dar dinero de manera más eficiente puede aliviar muchísimo sufrimiento, pero no necesariamente explica por qué ese sufrimiento existe.

La crítica institucional ha continuado desde entonces y tampoco existe consenso sobre ella. Brian Berkey, por ejemplo, ha defendido que preocuparse por el cambio institucional es perfectamente compatible con los principios fundamentales del altruismo eficaz. Otros autores han insistido en que el movimiento corre el riesgo de privilegiar intervenciones individuales y cuantificables sobre transformaciones colectivas más difíciles de medir.

Alice Crary plantea una impugnación mucho más severa. Considera que ciertas versiones del altruismo eficaz terminan acomodándose a las mismas estructuras económicas y políticas responsables de parte del sufrimiento que después pretenden reducir. Su crítica puede resultar excesiva para algunos, pero señala una contradicción que vale la pena examinar. Una persona puede acumular enormes cantidades de riqueza dentro de un sistema desigual y después utilizar una parte de esa riqueza para corregir eficientemente algunas de sus consecuencias. Queda abierta la discusión sobre si eso constituye la forma más ambiciosa de altruismo o una manera extraordinariamente sofisticada de evitar discutir el origen del problema.

Esta cuestión se vuelve todavía más delicada cuando quienes poseen los recursos económicos para financiar determinadas causas también adquieren la capacidad para decidir cuáles merecen prioridad.

Porque entonces ya no hablamos únicamente de generosidad.

También hablamos de poder.

La inteligencia artificial vuelve la discusión mucho menos teórica

El debate adquiere otra dimensión cuando entra la inteligencia artificial.

Una parte importante de la comunidad vinculada al altruismo eficaz ha dedicado años a estudiar los riesgos derivados de sistemas artificiales extraordinariamente capaces. La preocupación fundamental resulta comprensible. Un sistema optimizador podría perseguir con enorme eficacia un objetivo mal definido y generar consecuencias que nadie había previsto.

Me interesa especialmente la ironía que contiene esa posibilidad.

Tememos que algún día una inteligencia artificial interprete una instrucción con una precisión impecable mientras ignora aquello que los seres humanos considerábamos evidente y nunca pensamos en especificar.

Pero nosotros también hacemos algo parecido.

Diseñamos indicadores para mejorar el desempeño y después descubrimos personas que aprendieron a mejorar el indicador en lugar del desempeño. Creamos incentivos para alcanzar determinados resultados y terminamos obteniendo conductas que cumplen la métrica mientras destruyen aquello que pretendíamos proteger. Convertimos realidades complejas en variables manejables porque necesitamos tomar decisiones y, con el tiempo, podemos olvidar que la variable nunca fue la realidad.

La inteligencia artificial no inventó ese riesgo. Solo puede llevarlo a una escala que nunca habíamos enfrentado.

Tal vez por eso encuentro especialmente sugerente la discusión alrededor del altruismo eficaz. Sus defensores nos piden que sometamos nuestras intuiciones morales al examen de la evidencia, y tienen razón al hacerlo. Sus críticos recuerdan que la racionalidad también puede construir sus propias zonas ciegas.

Ambas advertencias son necesarias.

Una ética suficientemente humana

Después de leer sobre altruismo eficaz, mi conclusión no es que debamos rechazarlo.

Sería una pérdida.

Nos ha obligado a pensar seriamente sobre la eficacia de nuestra generosidad, ha cuestionado el privilegio moral que concedemos a la proximidad y ha llevado a una generación de investigadores y donantes a preguntarse si sus recursos pueden utilizarse de una manera considerablemente más responsable.

Peter Singer tenía razón al incomodarnos cuando preguntaba por qué una vida lejana debería importarnos menos. MacAskill tiene razón al exigir evidencia antes de asumir que una acción bien intencionada produce beneficios. Toby Ord tiene razón al recordarnos que existen riesgos capaces de comprometer el futuro de toda nuestra especie.

Las objeciones comienzan cuando esas ideas pretenden convertirse en una teoría suficientemente completa sobre lo que debemos valorar.

Hay dimensiones de la vida moral que se resisten a la comparación directa. La dignidad, la reciprocidad, la pertenencia, el compromiso, la justicia y los afectos no son residuos irracionales que debamos eliminar para perfeccionar nuestros cálculos. También contienen información sobre la clase de sociedad que queremos construir.

Quizá la mayor aportación del altruismo eficaz termine siendo precisamente la discusión que ha provocado.

Nos obliga a desconfiar de la bondad que nunca comprueba sus resultados, pero también permite preguntarnos qué ocurre cuando la obsesión por comprobarlos termina definiendo aquello que consideramos bueno.

Necesitamos mejores datos para decidir. Necesitamos pensar en personas que jamás conoceremos y en generaciones que todavía no existen. Necesitamos aprender a anticipar riesgos tecnológicos que podrían transformar radicalmente nuestra civilización.

Y necesitamos conservar cierta humildad frente a nuestras propias conclusiones.

Porque una sociedad que renuncia a medir puede actuar a ciegas, pero una sociedad convencida de que todo aquello que importa puede medirse corre un riesgo distinto. Puede terminar tomando decisiones extraordinariamente eficientes sin advertir todo lo que dejó fuera del cálculo.

Referencias

Adams, C. J., Crary, A., & Gruen, L. (Eds.). (2023). The Good It Promises, the Harm It Does: Critical Essays on Effective Altruism. Oxford University Press.

Berkey, B. (2018). The institutional critique of effective altruism. Utilitas, 30(2), 143–171.

Côté, N., & Steuwer, B. (2023). Better vaguely right than precisely wrong in effective altruism: The problem of marginalism. Economics & Philosophy, 39.

Greaves, H., & MacAskill, W. (2021). The Case for Strong Longtermism. Global Priorities Institute, University of Oxford.

MacAskill, W. (2015). Doing Good Better: Effective Altruism and a Radical New Way to Make a Difference. Guardian Faber / Avery.

MacAskill, W. (2022). What We Owe the Future. Basic Books.

Ord, T. (2020). The Precipice: Existential Risk and the Future of Humanity. Hachette Books.

Schwitzgebel, E. (2026). The washout argument against longtermism. Utilitas.

Singer, P. (1972). Famine, affluence, and morality. Philosophy & Public Affairs, 1(3), 229–243.

Singer, P. (2015). The Most Good You Can Do: How Effective Altruism Is Changing Ideas About Living Ethically. Yale University Press.

Srinivasan, A. (2015). Stop the robot apocalypse. London Review of Books, 37(18).

The Economist. (2026, 1 de octubre). Effective altruism is this century’s biggest idea.

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